En este vínculo puede leerse la reseña que Gerardo Cárdenas escribió sobre Cosmonauta (FETA 2011) desde Chicago, la ciudad de los vientos.
jueves 9 de febrero de 2012
Cosmonauta en la ciudad de los vientos
En este vínculo puede leerse la reseña que Gerardo Cárdenas escribió sobre Cosmonauta (FETA 2011) desde Chicago, la ciudad de los vientos.
lunes 23 de enero de 2012
Leonard Cohen y yo
Comparto este pequeño artículo sobre Leonard Cohen y algunas opiniones sobre poesía contemporánea, aquí, en Revista Diez4
martes 10 de enero de 2012
Cosmonauta en Vision 40.
Entrevista a Daniel Espartaco Sánchez en Visión 40 respecto al libro Cosmonauta, a partir del minuto 19 del programa. Aquí.
jueves 29 de diciembre de 2011
viernes 9 de diciembre de 2011
sábado 19 de noviembre de 2011
lunes 14 de noviembre de 2011
Cosmonauta en Replicante
Gustavo Méndez Martínez publica una reseña titulada "Hombre en órbita" en la revista Replicante sobre mi libro Cosmonauta (Fondo Editorial Tierra Adentro 2011). Aquí está el vínculo.
jueves 13 de octubre de 2011
miércoles 31 de agosto de 2011
lunes 18 de julio de 2011
Cosmonauta en Big Sur, revista Argentina.
La revista Big Sur de Argentina publica una pequeña historia mía titulada "Cosmonauta", la cual está incluida en la colección de historias del mismo nombre que será publicada en breve por la editorial Tierra Adentro.
Aquí el vínculo:
Cosmonauta - Big Sur.
Aquí el vínculo:
Cosmonauta - Big Sur.
jueves 28 de abril de 2011
Dioses del metal
(2009)
Había una crisis económica. Uno tenía que trabajar una semana para comprarse un disco compacto. Me dio por merodear en los saldos de las dos o tres tiendas de discos del centro. Mi formación musical dependía de lo que encontraba en estas circunstancias.
La otra opción era la tienda del centro cuyo local estaba embadurnado de negro por dentro y por fuera. Se llamaba Metal Shop. Alguien había pintado un enorme signo de radioactivo en la fachada. Vendían camisetas de banda metaleras, había dos mostradores llenos de memorabilia: parches, adhesivos, pins; y tenían un libro gordo con la lista de discos compactos de la tienda; ahí llevabas tu casete y pagabas para que te grabaran el disco que escogías. Entre mejor era el casete, mejor era la grabación. Podías comprar casetes de cromo, según la propaganda su calidad de sonido era tan buena como la de un disco compacto.
Nunca me gustó el metal, pero mi relación con los metaleros siempre fue de respeto. Eran tipos delgados, de cabello largo, altos, de una edad indefinida entre los 20 y 35 años. El metal era una cofradía en la que era necesario siempre escepticismo y entusiasmo. Escepticismo hacia todos los que no pertenecían a la cofradía, y entusiasmo para mantener ese escepticismo. Había una chica metalera detrás del mostrador, con piercings y sombras en los ojos, y una actitud que entonces me parecía agresiva.
—¿Qué vas a querer, niño?
—¿Puedo ver el catálogo?
—Nunca ordenas nada.
Con diez o veinte pesos en la bolsa, me gustaba tantear las posibilidades. Sin embargo, yo estaba un poco enamorado de ella.
—¿Tiene playeras de Canibal Corpse? —preguntó detrás de mí un muchacho como yo, vestido con camisa a cuadros y el cabello corto. Alguien que posiblemente esa mañana había decido hacerse death metalero, para lo cual era imprescindible una camiseta de Cannibal Corpse.
—Tenemos la de Eaten back to life y la de Butchered at Birth —dijo ella.
—¿Cuál me recomiendas? —preguntó el muchacho.
—Eaten back to life —dijo ella—, con Butchered at Birth se vendieron.
Yo seguía buscando en el libro sagrado del Metal Shop algo que pudiera reconocer entre tantos títulos apócrifos y la gran variedad de bandas con nombres que involucraban violencia, cadáveres supurantes y sexo anal... posiblemente con cadáveres supurantes.
La chica era pequeña y un poco rellenita, llevaba una camiseta que decía Carcass: Necroticism, descanting the Insalubrious.... el cabello quebrado e imposible de peinar caía sobre sus hombros.
Estaba doblando la camiseta sobre el mostrador, ante los ojos codiciosos del muchacho.
—¿Quieres una bolsa? —preguntó la muchacha.
—No, me la voy a llevar puesta —dijo el muchacho.
La muchacha le alargó la playera y él se la puso. El cuello de la camisa a cuadros sobresalía arriba de la leyenda Eaten back to life. Misión cumplida, debió pensar la muchacha, un acólito más ganado para el death metal. La muchacha sonrió dejando ver una hermosa y luminosa dentadura. La sonrisa se extinguió al mismo tiempo que volteaba hacia mí.
—¿Qué vas a querer? —me preguntó.
Pero esa vez yo tenía un bulto en mi pantalón: una casete virgen de mala calidad, fabricación nacional, comprado en el supermercado. Existía la posibilidad de comprar en Metal Shop casetes importados muy costosos.
Saqué el casete y lo coloqué sobre el mostrador; la muchacha lo miró con despreció.
—¿Qué disco quieres que te graben? —preguntó, sacando una libreta para apuntarlo.
—Este —dije, poniendo mi dedo sobre el catálogo, la hoja salida de una impresora a puntos.
—¿Simon and Garfunkel? —dijo la muchacha—, niño, necesitas que alguien te oriente.
Sí, necesitaba orientación en muchas cosas, es la edad en la que uno necesita un guía espiritual, y más si es una muchacha de largos cabellos quebrados en donde pueden anidar las golondrinas. La verdadera pregunta, hoy, casi dos décadas después, es: ¿qué hacía Simon and Garfunkel en el catalogo de Metal Shop?
—¿Qué me recomiendas? —dije.
Yo era todo oídos.
—Necesitas empezar con algo básico —dijo ella, reflexionando: hay un preescolar del metal—. Ride the Lightning, Metallica.
—Ya —dije—, entonces dame eso.
La muchacha sonrió. Apuntó en la libreta el nombre del disco y luego sacó una tarjeta donde apuntó los mismos datos.
—¿Cómo te llamas? —me preguntó.
—Daniel —dije.
—Daniel qué.
—Daniel Espartaco —dije.
—¿Cómo?
—E-s-p-a-r-t-a-co —deletreé.
—¿Ese es tu apellido?
—No: es mi nombre.
—Qué nombre tan feo —dijo, sin embargo se quedó pensando durante un momento: —aunque es un nombre bastante metalero.
¿Comenzaba a ver un atisbo de aceptación a pesar del tropiezo con Simon and Garfunkel?
—Yeah —dije.
Quitó el celofán al casete, y frunció el entrecejo:
—Para la próxima necesitas un casete de cromo —me dijo—, así se escucha mejor.
—Roger —dije, no sé por qué.
Me estaba esforzando por ser cool.
Colocó la tarjeta con el nombre del disco y mi nombre dentro del casete.
“Oh, tú todo lo haces primorosamente”, pensé.
Cortó la hoja de la libreta y me la dio: era mi recibo.
—Vuelve en una semana —me dijo.
Nunca me gustó Ride the Lightning; sin embargo, años después me siguen gustando dos o tres canciones de Simon and Garfunkel.
Tuve que fingir que el disco me había gustado, y peor aún, escucharlo muchas veces y aprenderme de memoria las letras de las canciones. Le agarré algo de gusto a “For Whom The Bells Told”, que era la canción que le gustaba más a la chica.
—¿Y ahora qué, sensei? —le dije otro día, cuando regresé con un casete de cromo en el bolsillo del pantalón.
—Más Metalica —dijo ella. Sigues en la unidad 1. Pero el álbum negro no, es muy comercial.
"Shit", pensé.
Tenía que invitarla a salir antes de tener que escuchar la discografía completa de los dioses del metal.
Estaba ahí un tipo que la tocaba con insistencia, casi rubio, y ella le sonreía. Llevaba pantalones de mezclilla y una camisa negra con la mascota de Iron Maiden: Eddie.
Entre tanto cadáver supurante, pronto descubrí que Eddie era un ser entrañable.
—Kill´em all y Master of Puppets, aún no estás listo para And Justice for All —opinó él, viendo mi casete—, te cabe uno en cada lado, pero sólo te vamos a cobrar uno.
“Ssssssssssssssssssssshit”, pensé.
—¿Sabes qué? —le dijo el tipo casi rubio respetuosamente a la muchacha, yo era el alumno de ella y no quería entrometerse demasiado en mi educación metalera—, tal vez debe de empezar con lo clásico — él era un clasicista, un purista, podía verse—, algo como Iron Maiden.
Eso era demasiado para la muchacha, quien era más joven que él; tenía menos tatuajes y tuvo que ceder.
—Si, está bien —dijo ella.
En el mundo de metal hay categorías y jerarquías.
Iron Maiden era lo máximo, en verdad, toqué ese casete hasta que se hizo pedazos. “Run to the Hills”, canción pionera del indigenismo metal.
—Hay un largo camino por recorrer —me dijo— desde el metal clásico hasta el death metal.
Sería un largo suplicio, pero tendría sus recompensas.
—Y el death/doom —dijo ella, al ser más joven había llegado más lejos en su experimentación.
Un muchacho confundido, también de mi edad, entró a la tienda y preguntó:
—¿Tiene playeras de Nirvana?
El muchacho y la muchacha se miraron, había tristeza en sus ojos. El mundo estaba cambiando y ellos no podían hacer nada al respecto, entregados a un culto condenado a desparecer. Ellos eran Adan y Eva de un paraíso metalero condenado a la destrucción por los bulldozers del grunge garage.
¿En dónde había quedado el arte?
—No —contestó ella, fastidiada.
Era algo con lo que tenía que lidiar todos los días.
—¿Pearl Jam? —preguntó el muchacho confundido.
El metalero con la camiseta de Eddie negó con la cabeza.
¿Para qué gastar saliva con esa gentuza?
—Ah, ok —dijo el muchacho—, pensé que aquí eran rockeros.
En la pared, junto a él, estaban colgadas todas esas playeras llenas de cuerpos putrefactos: Anthrax, Megadeath, el amigable Eddie.
Las examinó con detenimento,
—¿Nine Inch Nails?
—No nos hagas perder el tiempo —dijo ella—: puto maricón.
El metalero puso la mano en el hombro de ella como diciendo: “cálmate”. En el paraíso amish del metal a veces hay que poner la otra mejilla.
—Chinguen a su madre —dijo el muchacho confundido, haciendo la señal respectiva con el dedo corazón, y salió corriendo.
domingo 27 de marzo de 2011
Homenaje
De Walden 3 (2005)
—¿Homenaje?
—Sí, homenaje —dijo a través del teléfono la voz de una mujer con acento del norte.
—No estoy muerto —respondió Miguel Habedero, y colgó.
Era la una de la tarde y aún estaba en pijama, la barba y los cabellos grises desgreñados. Le había sido difícil superar el último divorcio, aún así logró hacerse de un refrigerador pequeño y una parrilla eléctrica. Por si acaso también había comprado un revolver calibre .38 especial. Estaba consciente de haber llegado a la edad peligrosa en que los hombres verdaderos se suicidan.
El teléfono volvió a sonar mientras revolvía su primera taza de café.
—Aún estoy vivo, y si estuviera muerto, no merezco un homenaje.
—Queremos que venga a Chihuahua y nos hable de su obra —dijo ella, con voz ronca. A Habedero le pareció muy sexual—, tenemos pensadas varias actividades.
La voz de una mujer que desayuna anfetaminas y whisky, que oscila entre la alegría desenfrenada y la depresión, que cuando ríe parece que está llorando, pensó. Su libido era como China en el siglo XIX: un gigante dormido. Por exigencia de su ex esposa había tomado un tratamiento farmacéutico para la disfunción eréctil recomendado por un futbolista famoso. Miró a su alrededor: maletas abiertas sobre la cama deshecha y cajas de libros apiladas, cubiertas de polvo.
—Hace muchos años que no voy a Chihuahua —dijo.
—Yo misma seré su guía. Catalina Rivas a sus órdenes, maestro.
—Sí —dijo Habedero, con un suspiro—, sí.
Se encontró con un cielo pálido y un paisaje llano que se alargaba hasta el horizonte de una manera inconveniente. En la sala de espera se acercó para recibirlo una mujer alta, con el cabello corto teñido de un color intermedio en la amplia gama existente entre el rojo y amarillo; prueba evidente de que ya frisaba los cuarenta. Dijo llamarse Catalina Rivas. Junto a ella, un hombre delgado de vientre voluminoso le fue presentado con el nombre de Roberto Patiño: “Uno de los intelectuales más destacados de la región”.
Habedero suspiró al ver el excelente estado en que se encontraba la mujer; vestía un traje sastre a rayas y medias negras.
—Maeeestro, es un honor —dijo la mujer, y alargó el diptongo sin aparente necesidad.
—Maeeestro —dijo el hombre, y le entregó un ramo de rosas blancas.
Habedero contempló con nostalgia el paisaje suburbano de su niñez: el ganado que pastaba sobre el suelo semidesértico y, más allá, la mancha urbana de la ciudad de Chihuahua extendida sobre el valle.
Lo metieron en el asiento del copiloto y le dieron otro ramo de rosas y una muestra de productos regionales: queso, carne seca y tortillas de harina.
—¿Y para qué quiero esto? —preguntó.
—Son productos hechos por manos chihuahuenses —explicó Patiño.
—Lo llevaremos al hotel —dijo Catalina Rivas cuando se acomodó en el lugar del conductor.
—He leído todos sus libros, maestro. Dígame, ¿quién es para usted el mejor escritor mexicano joven? —preguntó Patiño.
—Juan Villoro.
—Juan Villoro ya no es joven, maestro.
Habedero miró a la conductora y espero a que lo salvara de la pregunta, pero ésta tenía la concentración puesta en la carretera: una recta interminable. Entre el hombro de Rivas y el de Habedero apareció el rostro de Patiño: la mirada interrogante y solemne.
—Bueno, ¿cuál es el mejor escritor mexicano, joven o viejo?
—No tengo idea.
—¿Qué opina de Carlos Fuentes?
—Nunca lo he leído.
Los obsequios no terminaron. En la habitación del hotel se encontró con un paquete de libros escritos por autores de la región, el cual arrojó a la basura. Entre ellos descubrió un pequeño tomo de poesía escrito por Catalina Rivas, Páramo equidistante, con el epígrafe de Emily Dickinson en la primera página: I never saw a moor, I never saw the sea. Con un poco más de consideración que para con los otros libros, arrancó con cuidado la fotografía de la solapa, en la que ella se veía diez años más joven. La guardó en su cartera y arrojó el libro al cubo de la basura.
Cuando bajó al lobby observó con placer que Patiño no estaba y que Catalina Rivas lo esperaba sentada con las piernas cruzadas y las manos sobre los brazos del sillón. Sabía algo de expresión corporal y esa postura significaba “invitación reticente”. Habedero pensó en el matrimonio, la vida apacible en una casa provinciana con enorme patio trasero y se vio a sí mismo, mandil amarrado a la cintura, frente a unas chuletas en el asador y una botella de cerveza en la mano. A su lado, Catalina Rivas con un vaso de whisky en las rocas. De fondo el desierto, inmenso, sugerente, discurre sobre la simpleza del hombre primitivo. Supo que ese encuentro estaba predestinado, que Catalina era parte de su memoria filogenética.
—¿Adónde vamos? —preguntó Habedero
—Vamos a la charla sobre creación literaria en la Facultad de Filosofía y Letras.
Había olvidado que no eran vacaciones. Lo obligarían a comparecer ante una multitud de jóvenes nihilistas y asexuados. Imaginó sus rostros escépticos y con gafas rumiar cada una de sus palabras, sopesándolas. Ninguno de ellos habrá leído sus libros y se preguntarán por qué el profesor los obliga a asistir a una charla sobre creación literaria donde un anciano de barba les hablará de todo menos sobre el tema. Pensó en hablar de su último divorcio, o del clima. Lamerse las heridas en público y exhibir su degradación.
¿Qué podía decirles? ¿Les hablaría sobre la imposibilidad de escribir? Él, que no había escrito un libro en treinta años; que cada noche y cada mañana en vez de reflexionar sobre la creación literaria se dedicaba a hacer un recuento de sus fracasos, sus mujeres; su hija, Dialéctica, quien no le llamaba desde hacía años.
Miguel Habedero recordó una mañana fría, anodina, unos años antes de ser requerido para ese homenaje, cuando recibió una llamada telefónica:
—Hola, soy Dialéctica.
Habedero miró el reloj electrónico de su buró, eran la ocho de la mañana de un domingo, probablemente, el año era más difícil de calcula. Al palpar el lado izquierdo de la cama supo que se encontraba en uno de esos breves, pero caóticos, períodos de celibato con los que medía de manera endeble su vida.
“Me da gusto que puedas definirte con una sola palabra”, fue lo que su molesto cerebro le ordenó decir, pero su boca sólo alcanzó a balbucear:
—Llámame en dos horas.
La voz en el auricular guardó silencio por espacio de unos segundos en los que Habedero alcanzó a cerrar de nuevo los ojos.
—Soy tu hija... Dialéctica Libertad.
“Dialéctica Libertad”, pensó Habedero, algo podía recordar al respecto, estaba seguro, si antes tenía tiempo de tomar dos tazas de café, y un baño, y de ser posible el desayuno.
Cuarenta minutos después, cuando salía del baño y se amarraba la cola de caballo gris, sonó el timbre de la puerta y encontró a una hermosa mujer de treinta años: el cabello muy corto y rojizo, baja de estatura, y un poco llenita; una cara sonriente que había visto en otro lado, treinta años atrás, en un departamentito de la colonia Narvarte, Walden tres. No sólo la cara era similar: la mujer estaba embarazada como treinta años atrás, junto a ella una maleta que podía pesar, a juzgar por la apariencia, tres veces más.
—Papá —dijo ella, y le abrazó.
—Dialéctica —murmuró Habedero, y esta palabra le produjo un sabor metálico en la boca.
—Dime Diali —dijo ella—, así me dicen todos.
El viejo Habedero se sintió conmovido, como si algo entrañable hubiera llegado desde muy lejos, un aroma perdido en un pasado que creía irrecuperable.
—Tenemos tanto que platicar —dijo ella—; tanto que ponernos al corriente tú y yo.
La historia de Dialéctica Libertad era ésta: su madre le ocultó durante treinta años quién era Habedero. Roberta Lujan, una matriarca de Hermosillo, Sonora, había criado a la niña sin ayuda, y había mandado a su hija a escuelas activas, de acuerdo con sus ideas de izquierda. Trabajó durante treinta años para que a su hija no le faltara nada. Una mujer dominante, muy guapa todavía —según la foto—, lacónica. Dialéctica nunca le preguntó por su padre.
El día que Dialectica le anunció a su madre que estaba embarazada, ésta, circunspecta, como si de pronto se acordara de algo, le dijo:
—Es hora de que conozcas a tu padre, se llama Miguel Habedero, es un escritor famoso, vive en la ciudad de México.
A sus treinta años apenas había hecho un par de viajes a la playa y de compras a El Paso, Texas.
—Te mandó una carta —dijo Dialéctica, y le dio un sobre, dentro una hoja de papel escrita con letra menuda y apretada.
Miguel:
Hace treinta años, en nuestro ultimo encuentro, te mentí. La hija que esperaba era tuya y no de Michin, el líder de nuestro grupo, el príncipe idiota, como tú lo llamaste. Te mentí porque tú no querías comprometerte conmigo y yo vivía en la clandestinidad, y además eras en el fondo un pequeñoburgués, por más esfuerzo que pusieras de tu parte. En realidad te mentí porque tenía 16 años y no sabía muy bien qué hacer. Después de esa tarde, cuando fui arrestada y en la que tú huiste de manera cobarde (aún así te amé durante mucho tiempo), fui llevada al Tribunal para Menores donde estuve cerca de cuatro meses, acusada de terrorismo y crimen organizado.
Me soltaron en parte porque yo era muy pequeña, y en parte porque di a luz a una niña a la que, como ya sabes, llamé Dialéctica Libertad.
Te la mando porque creo que necesita ver un poco de mundo. Es mi culpa porque la he sobreprotegido. Ahora está embarazada de un famoso rockero que al pasar por aquí se le hizo fácil seducir a una linda muchachita provinciana. También te la mando porque sufría demasiado aquí debido al abandono, y le dije: “pues bueno, ve a ver a tu padre, eso te hará sentir mejor”.
Te suplico no le digas nada sobre mi pasado, desde que nació la protegí contra todo eso y no quiero que sepa cuáles fueron las circunstancias de su nacimiento.
Roberta.
P.D.
Espero que algún día me perdones por convertir Walden tres en una casa de seguridad.
El famoso rockero que había embarazado a su hija, el que Habedero imaginaba como un apuesto joven de grasientos cabellos rubios y camisa de leñador, molesto con el mundo y la sociedad, resultó tener más o menos su edad; es decir: ese espacio indefinido entre los cincuenta y los sesenta y cinco años. Se hacia llamar Johnny Guitar, pero su verdadero nombre era Fulgencio Batista (sí, como el dictador cubano), un poblano que ya era una leyenda en el bajo mundo rockero de Tijuana en los sesenta, donde Habedero lo conoció. Ya no se dedicaba a tocar, tenía una productora independiente.
—Habedero, viejo, ¿cómo estás? ¿Has escrito algo últimamente?
—No.
—¿Sigues experimentado con drogas?
—No.
El rostro afilado y lampiño, estatura pequeña, la mirada aguda. Usaba, al igual que Habedero, una cola de caballo gris detrás de un principio de calvicie que ya apuntaba para final.
“Mañana mismo me corto el pelo”, pensó Habedero.
—Escucha, viejo, espero que no estés molesto conmigo por este asunto del levantamiento de cofre —dijo, e hizo un ademán circular en su vientre—. Yo no sabía que era tu hija. El mundo es un pañuelo.
—No te preocupes, está bien, estoy pagando mi karma —dijo Habedero.
—El mismo viejo Habedero de siempre —dijo Johnny Guitar, y le dio un golpe en la espalda con una escuálida mano llena de lunares.
Habedero decidió que si Johnny y Dialéctica tenían una relación o no; si éste pensaba hacerse responsable del niño o no, era un asunto que no le correspondía resolver. Toda su vida había defendido el amor libre. No podía cambiar de opinión, no a su edad, y más si le había costado tanto trabajo sostenerla durante décadas. Pero al ver a través de las persianas cómo el sujeto le metía mano a su hija —sentados los dos en el auto—, no pudo evitar murmurar entre dientes:
“Johnny Guitar se está cogiendo a mi hija”.
Eran las cuatro de la mañana y Habedero permanecía en vela en su sillón ortopédico. Trató de leer un poco, aunque no pudo concentrarse. Cuando ya estaba resuelto a prepararse un vaso de leche tibia y nuez moscada, escuchó unos pasos en el corredor: era su hija que buscaba en el bolso las llaves que le había dado esa mañana
Habedero recordó cuán celoso de su intimidad se había vuelto durante los últimos años, incluso le había costado trabajo darle las llaves del departamento a su ex esposa el día que se casaron. Estaba harto de vivir rodeado de gente, él, que durmió durante tanto tiempo en incómodos sofás, en incómodos pisos de incómodas casa, en sucios hoteles, en comunas, en remolques; hacinado con gente que, como él, creía en la solidaridad del hombre y que despreciaba, también como él, la propiedad privada, y que lamentablemente no le bajaba al baño o se equivocaba de cepillo de dientes.
—Hola, Johnny y yo salimos a tomarnos algo —dijo Dialéctica, al colocar su bolso y abrigo en el perchero, el único mueble en la estancia aparte del sillón.
Habedero tuvo una sensación desagradable al ver las pupilas dilatadas de su hija gracias a la débil luz de la lámpara.
“Se ha estado drogando”, pensó “y está embarazada”.
Y pensó desde luego que a él no le correspondía regañar a su hija, no a él, por el amor de Dios. ¿Por qué él?
—¿Has estado drogándote?
—Sólo una línea, ¿no te molesta, verdad? Tú sí que te drogabas —dijo Diali, orgullosa.
—Pues sí.
—He leído tus libros.
Quería decirle que en realidad no se había drogado tanto, y era la verdad, sólo un poco, lo suficiente.
—Pero tú estás embarazada. Y también has bebido un poco.
Dialéctica le dijo que no tenía ningún derecho a amonestarla, sobre todo si había estado ausente durante los últimos treinta años de su vida (Habedero jamás creyó que semejantes palabras pudieran ser dirigidas a él).
La respuesta de Habedero no fue mucho menos asertiva. ¿Cómo serlo? No estaba preparado. Y pronunció las palabras que tantas veces había escuchado. Se escaparon de entre sus dientes, a pesar de que hizo todo lo posible por evitarlo, incluso se llevó la mano a la boca, pero era tarde, porque las palabras ya habían llegado al receptor:
—No mientras estés en mi casa.
Dialéctica se mudó al departamento de la Condesa de Johnny, tuvieron otros cuatro hijos. Según éste, en una conversación posterior con Habedero, tras un encuentro casual, ya había llegado hora de sentar cabeza. Dialéctica no volvió a llamar a su padre. Resultó ser más rencorosa que el divino Aquiles. No pudo soportar las contradicciones entre Habedero y su obra literaria; que hubiera escrito libros sobre viajes alucinógenos y jóvenes que vivían la libertad, y le dijera “no, mientras estés en mi casa”, vestido con una bata de franelas y un vaso de leche con nuez moscada en la mano.
Habedero se sintió tranquilo después de que Johnny metiera con dificultad la enorme maleta de Diali en la cajuela de su BMW (visto desde la ventana, la escena recordaba a Nosferatu de Murnau), pero ahora, sin saber por qué, minutos antes del inexorable homenaje, Habedero tuvo el pensamiento de llamar a su hija, el cual pasó como una parvada de pájaros negros en dirección al este de la sabana africana de su focalización cerebral.
—¿No podríamos ir a comer primero?
—Sí, maestro, después de la charla está programada una comida con el director del Instituto.
—Por favor, no me digas maestro, dime Miguel.
—Está bien, Miguel.
Sobre el estrado del aula magna de la Facultad de Filosofía y Letras lo esperaban dos profesores tan viejos como él. El lugar estaba lleno, había gente de pie. Habedero notó con estupefacción que algunos llevaban copias de sus libros y por la hilera descendente de butacas encontró miradas de admiración y, también, de manera menos agradable, miradas de comprensión hacia un viejo que por alguna razón venía a hablar sobre el misterio de la creación. La mitad de los asistentes usaban camisetas del Che Guevara y esto, sin saber por qué, le dio miedo.
Catalina lo tomó del codo y Habedero sintió que entre ambos se había desarrollado una conexión:
—Por favor, no me dejes solo —murmuró
Se maldijo a sí mismo, una vez más, por no haber muerto joven y hermoso, a los treinta años, como un poeta romántico de largas patillas y sexo corrompido por la gonorrea.
Habló sobre el milagro de la creación, sobre las dificultades de la creación, el dolor de la creación, etcétera. Habló en contra de la academia, del orden establecido, del Estado, de conceptos institucionales como creación literaria. Los estudiantes lo miraban con los ojos bien abiertos. Una muchachita en una esquina tomó nota de cada palabra, cada interjección. Después habló de la experiencia religiosa como principal motor del arte. La visión de lo divino. Cuando el interés decreció, volvió a hablar en contra de la academia, del orden establecido, del Estado, y los ojos volvieron a abrirse.
Cuando la conferencia terminó, bajó hasta la primera fila donde estaba Catalina Rivas y la atrajo hacia él de la manera más discreta posible. Necesitaba a esa mujer. Había una fila de muchachitos con la vieja edición de Caminos de desolación: el canto rabioso por la muerte, por el fracaso de una utopía, como dijo la crítica en su momento. Pero Habedero sabía que se trataba de su propio fracaso.
Firmó algunos libros, la mayoría viejos y manoseados; también algunas de las nuevas ediciones que el Estado le hizo el favor de reeditar. Una jovencita coqueta le dijo que no le había gustado el final del libro; no le pareció coherente que la única salida del protagonista fuera la destrucción del lenguaje. Habedero asintió.
—Tampoco me parece que el lenguaje tenga que destruirse necesariamente —dijo ella.
—En mis tiempos —dijo Habedero—, no había otra salida que destruir el lenguaje.
Catalina lo arrastró hacia el estacionamiento entre grupos de estudiantes que querían hablar con él. Le llovieron invitaciones a fiestas.
—Catalina, por favor. No me hagas ir a comer con el director del Instituto. Mira, a estos muchachos les agrado.
Habedero sintió por un momento que aún podía rocanrolear.
—Lo siento, Miguel, hay que apegarnos al programa.
—Al menos prométeme que vas a estar junto a mí —dijo.
La ciudad de Chihuahua había cambiado mucho en todos esos años. Algunas partes, como el área circundante a los centros comerciales, se parecían a una pequeña ciudad de los Estados Unidos, con sus cadenas de comida rápida, tiendas departamentales y carriles de alta velocidad.
Fueron a un restaurante especializado en cortes de carne al lado de un hospital. “Negocio redondo”, pensó Habedero. Ahí los esperaba, rodeado del séquito, el director del Instituto, el cual le fue presentado como el arquitecto Jaime Contreras. Junto a la silla que le reservaron estaba Roberto Patiño; vio con tristeza cómo Catalina Rivas se sentó lejos de él, aunque no dejaba de mirarlo de reojo.
“Ya es mía”, pensó Habedero.
—Maestro —dijo Roberto Patiño—, ¿cuál es para usted la gran novela mexicana?
—No lo sé, Patiño. Déjame pensarlo, y te envío la respuesta por correo.
El director del Instituto estaba muy interesado en comentar los esfuerzos que, en materia de cultura, se habían realizado bajo su administración. Hizo un aburrido recuento de mesas redondas, exposiciones, ferias del libro, festivales de cultura popular y bailes típicos.
—No tenemos presupuesto —dijo.
Parecía un hombre sincero embargado por la pena, como el general Anaya cuando le dijo al general Twiggs, en Churubusco:
—Si hubiera parque, no estaría usted aquí.
Habedero sintió un escalofrío cada vez que alguien mencionó la palabra “cultura”. Parecían estar obsesionados por ella: la cultura esto y la cultura lo otro. Como buen marxista heterodoxo sabía que la cultura era el resultado del modo de producción —¿o era un reflejo de las relaciones sociales de producción?—, era todo lo que sabía.
Cuando terminó la comida, Catalina dijo que pensaba llevar al maestro al hotel para que tomara una siesta, pues se sentía un poco cansado a causa del viaje.
“Me leyó la mente”.
—¿Qué quieres hacer? —preguntó Catalina cuando se colocó el cinturón de seguridad—. Nos quedan unas horas antes de tu homenaje.
—Necesito una cerveza. La palabra “homenaje” me pone los nervios de punta.
Fueron a un lugar llamado Bar Coliseo. En el televisor trasmitían un partido de beisbol. Los parroquianos del bar usaban pantalones de mezclilla ajustados, camisas a cuadros y gorras de beisbol. Los que estaban sentados en la barra miraron de manera sincronizada el trasero de Catalina, como gatos silenciosos frente a una pelota.
—Me siento como en casa —dijo Habedero, y señaló el televisor—, de niño jugué beisbol.
—Yo nunca he entendido las reglas del beisbol, pero me gusta cómo se ven los jugadores: parecen estar muy concentrados.
Cásate conmigo, pensó Habedero.
—Y bien, ¿qué te pareció mi charla sobre creación literaria?
—No entendí nada, pero estuvo bien, especialmente lo que dijiste sobre la religión. ¿Eres un hombre religioso?
—No, en realidad no.
Cuando terminó el partido encendieron la rocola y Catalina puso canciones de los años ochenta. Se besaron.
—Acabo de divorciarme —dijo Habedero.
—¿Y por qué te has casado tantas veces? ¿No se supone que eres de la generación del amor libre?
—No tengo idea. Al menos mis matrimonios no fueron convencionales.
El lugar comenzó a animarse. Recordó con tristeza que faltaba una hora para el homenaje; tal vez podría convencer a Catalina de que se fugaran a Las Vegas. La imaginó en la ruleta apostando todo al número siete.
—Me encanta esa canción —dijo Catalina—, bailemos.
No había propiamente dicho un lugar para bailar, pero Habedero se sintió desinhibido por causa de las cervezas. Otra pareja les siguió.
Había aprendido desde temprana edad que, para quien no posee el don del baile, mover los hombros con eficiencia y gracia era la única forma de salir bien parado. La tomó de las manos y la hizo girar sobre sí misma. Ella levantó los brazos y movió las caderas como seguramente lo hizo cuando era jovencita. La imaginó a los veinte, en la carrera de contabilidad, soñando con escribir poesía.
—No quiero ir a mi homenaje. Podríamos quedarnos aquí y seguir bailando.
—Lo siento, Miguel, hay que apegarse al programa.
—No estoy preparado.
Catalina lo miró con severidad.
—Te lo mereces; escribiste todos esos libros.
—No creo.
—¿Por qué tienes tanto miedo?
—Es que todo esto es ridículo, el homenaje es ridículo, el director del Instituto es ridículo y...
—¿Yo soy ridícula?
No, eres perfecta, pensó.
—Esto es lo que hago para ganarme la vida, ¿sabes?, homenajes.
No lo dejó pagar; ya vería cómo pasar la factura al Instituto, dijo.
Habedero esperaba menos calor por la noche. Sentía la ropa pegajosa y le hubiera gustado darse un baño y, ya que era inevitable, afrontar el homenaje con una camisa limpia. Caminaron hasta el coche.
—Catalina —dijo, siempre terminaba declarándosele a una mujer de manera inapropiada en medio de la calle—. Vine hasta aquí no por el homenaje, sino por ti.
—¿Se supone que debo sentirme halagada?
—Yo...
—No puedo estar con un tipo que lleva en el pecho actas de divorcio como si fueran medallas de guerra.
“De cierta manera lo son”, pensó.
—Ahora súbete, tengo que llevarte a que te hagan un homenaje; es mi trabajo.
Llegaron a un pequeño auditorio. El director del Instituto fumaba un habano afuera del lobby. Habedero lo saludó sin ganas y lo escuchó una vez más hablar sobre cultura. Notó que alguien le había puesto en la mano una copa de vino blanco barato. La noche rebosaba de grillos y otras alimañas.
Vio a Catalina conversar con un grupo de personas. Ni siquiera se volvió para mirarlo. T “Todo está perdido”.
Roberto Patiño lo emboscó en la entrada del baño:
—Maestro, dígame, ¿qué opina usted de la novela del narcotráfico?
Pensó en escapar. No sabía en qué parte de la ciudad se encontraba, o cómo llegar al hotel; ni siquiera el número de su habitación. Necesito tomar aire, pensó. Y se escabulló antes de que alguien le abofeteara de nuevo el rostro con el pescado de la palabra cultura. Tal vez en algún lugar podría comprar un paquete de cigarros. Un homenaje era un buen pretexto para volver a fumar.
El viento pastaba sobre la avenida como lo hicieron antaño los fabulosos bisontes. Reconoció las luces encendidas del pequeño estado de beisbol donde, décadas atrás, su padre lo llevó a ver al equipo local, el que siempre perdía. El mapa mental de la ciudad comenzó a tomar forma en su cabeza con grandes espacios en blanco. Recordó su niñez, el mundo era luminoso y fresco como una sábana blanca tendida al sol. Durante toda su vida había buscado la visión de lo divino. Ahora era un hombre preocupado por cosas insignificantes: pequeños fantasmas que poblaban el espacio diminuto de su vida.
Escuchó el impacto de la pelota contra el bat de beisbol: uno de los sonidos más bellos del mundo. Vio venir la pelota hasta él en una parábola, pasar por los reflectores, luminosa y blanca, y luego oscurecerse, como una pequeña luna. Cayó a unos cuantos metros y rodó hasta sus pies. Alguien había bateado un jonrón. Tal vez esa noche, mientras lo homenajeaban, el equipo local ganaría por fin. Ahí estaba su pequeña prueba de lo divino. Al observar de cerca las costuras de la pelota, supo que se trataba de un cascarón vacío, nada más. Un funcionario vino a decirle que era tiempo de su canonización en vida.
Desde el estrado no vio a Catalina Rivas entre las filas de asistentes. Notó con disgusto que Roberto Patiño se sentaba entre el director del Instituto y él.
El director habló de los grandes logros culturales de su administración y de los proyectos culturales y las iniciativas culturales. Después elogió la obra “humanista” de Miguel Habedero, “prócer del pueblo chihuahuense”, y le entregó un reconocimiento por los logros que su “pluma ha cosechado para el orgullo de la entidad”:
—Miguel Habedero es un pilar de la cultura —dijo.
En una de las salidas, Habedero vio la silueta de Catalina Rivas. Se sintió aliviado. El turno llegó para Roberto Patiño, quien fue presentado como “uno de los intelectuales más destacados de la región”.
Patiño afinó la voz y sacó de la bolsa de su camisa un papel doblado:
—A los veinte años Miguel Habedero revolucionó el lenguaje con Los caballos están nerviosos, John; western existencialista. A los 22, con Walden tres, nos habló sobre las expectativas de una época. A los 24, con Caminos de desolación, narró la destrucción de esas expectativas por la barbarie. A los treinta, la edad en que el poeta visionario muere, Habedero escribió Escuela de robinsones, un libro sobre la soledad del hombre contemporáneo y el fracaso del capitalismo...
Se sintió halagado, ufano, pagado de sí mismo, algo que no sentía desde hacía mucho tiempo. Miró con bondad los rostros que antes le parecieron hostiles o estúpidos. Incluso deseó pasar la Navidad con Patiño.
“Homenaje”, pensó.
—Permiso —dijo—, tengo que ir al baño.
Vio a Catalina Rivas en la puerta del lobby con un cigarro y una copa de vino.
—Tienes razón —dijo ella—, todo esto es una estupidez.
—Cambié de opinión, me gusta ser homenajeado.
Ella levantó los hombros.
—Catalina, había pensado en decirte: cásate conmigo; pedirte que nos fugáramos. Siempre quise casarme en Las Vegas.
—Yo no.
—Lo sé. Me conformo con invitarte a cenar.
—Pero…
—El Instituto paga.
—Me parece bien —contestó Catalina, y apagó el cigarro en el cenicero de la puerta—, y después vamos a bailar.
lunes 14 de marzo de 2011
África
porque ellas son mujeres
hermosas
las buenas viejas hermosas
Tadeusz Różewicz
De Cosmonauta (2011)
Comencé a sospechar que mi madre no era como las mujeres que uno podía observar en las casas vecinas. Aquellas mujeres, vestidas con pantalones de poliéster, parecían más viejas que el ejemplar en mi casa, enfundado en mezclilla. Ellas usaban el cabello corto, no la cabellera castaña y lacia que caía sobre los hombros de mi madre.
Las otras madres eran gruesas, poseían una especie de serenidad estoica, mientras uno las miraba sentadas a en la cocina o frente al televisor, empollando una idea; compraban carne y cerveza, lavaban a sus muertos; desconfiaban del lenguaje, pero hablaban con refranes: cada situación ejemplificada con una verdad inexorable implícita en una frase. De brazos robustos y morenos, me gustaba mirar sus manos fuertes sobajar la masa para las tortillas de harina.
Mi madre no paraba de recorrer la ciudad en su Volkswagen Brasilia, y por las noches preparaba la comida del día siguiente (éramos vegetarianos) con varios libros abiertos en la mesa de la cocina; libros escritos por un tal Kant y un tal Hegel, tipos con peinados raros. Ella no parecía notarlo, siempre sospeché que algo funcionaba mal con ella.
Aquellas otras mujeres estaban ahí desde que el hombre habitó las cavernas, para cuidar del fuego como a un dios niño y enfermo que muere siempre. La mujer que decía ser mi madre, en cambio, pertenecía a un nuevo tipo. Las otras mujeres lo sabían, por eso la respetaban y la invitaban a tomar el fresco junto a ellas. Como cada noche, desde hacía mil años, se sentaban juntas en la banqueta, fumaban cigarros mentolados sin filtro y hablaban. El cigarro, que pasaba de mano en mano, encendía por un momento cada uno de esos rostros graves y ásperos. Parecían adivinar el futuro en los guijarros del suelo, como si fueran los huesecillos de un pequeño reptil extinto hace tiempo. A pesar de la débil luz de una bombilla mugrienta, algunas veces leían el periódico en su delgada edición de la tarde, con su fotografía mortuoria, y los titulares con palabras raras, en grandes letras rojas, contundentes, como:
ORATE MATÓ A SU FAMILIA
Lejos del calor irradiado por las grandes caderas de esas mujeres, de las mascaras de sus rostros, había un mundo donde la gente era apuñalada, baleada, o moría simplemente por causas tan misteriosas como el significado de los guijarros.
Mi madre llegaba en el Brasilia y se estacionaba entre dos autos con un par de movimientos rápidos para destruir una vez más el mito de que las mujeres no saben estacionarse. Las otras madres la invitaban a tomar el fresco, pero ella decía que tenía mucho que estudiar. Con el trabajo de alfabetizadora por las mañanas, la carrera de filosofía por las tardes, pasaba las noches con un lápiz frente a sus libros y cuadernos de notas; en la estufa las cacerolas con la comida del día siguiente, y música en el tocadiscos: canciones muy tristes, en inglés, que yo no podía entender. En las portadas de los discos había una mujer tan parecida a ella que en una edad temprana llegué a pensar que eran la misma persona.
Yo estaba al cuidado de las otras mujeres, pero cada tarde me escapaba al interior de la casa (entraba por la ventana) porque quería estar solo. Y sentía que mi madre debía obedecer al llamado primigenio de las otras mujeres con pantalones de poliéster que yo idolatraba. Las oía hablar sobre ella, sin ninguna palabra que evidenciara desaprobación, aunque cierto tono escéptico, desconfiaban de todo, por principio. Después de cenar, cuando mi madre y yo estábamos en la sobremesa, ella pudo sincerarse conmigo cuando le pregunté por qué no tomaba el fresco con las otras mujeres, como cualquier otra:
—No quiero tener nada que ver con esas vacas —me dijo.
Sin embargo, necesitaba a las vacas para que cuidaran de mí.
En una ocasión en la que, después de cambiar su cheque el día de pago, mi madre sacó el dinero que había estado ahorrando y que guardaba detrás del espejo del tocador. Fuimos al supermercado: un bodegón con largos e insuficientes tubos de luz que colgaban del techo; olor a azúcar y detergente. Recuerdo la estantería vacía y las largas colas para pagar.
Echamos en el carrito lo que pudimos encontrar: una caja de galletas saladas, harina de trigo, aceite vegetal, varias bolsas de arroz y frijol, pero no había mucho más; en la sección de frutas y verduras había manzanas aplastadas y hojas de lechuga tiradas en el suelo. Pasamos de largo porque nosotros cultivábamos nuestras propias hortalizas en el patio de la casa. Mi madre echó en el carrito una blusa barata de algodón para ella y ropa interior para mí.
—¿No quieres un juguete? —me preguntó, debió ser una idea repentina. Echó en el carrito un pequeño camión de plástico.
En la caja la cola avanzaba con lentitud, me sentía cansado y somnoliento.
—¿No podríamos venir otro día? —estaba dispuesto a sacrificar mi juguete de fabricación nacional con tal de que regresáramos a casa.
—No —me dijo—, mañana este dinero no va a valer nada.
Sacó de su gran bolso de piel unos billetes y los arrugó con las manos como si fueran simples pedazos de papel. De regreso a casa nos metimos en una hilera de autos que se prolongaba durante varias cuadras. Cuando llegamos a la bomba expendedora, ella dijo:
—Lleno.
Nunca habíamos llenado el tanque. Mi función era revisar el contador análogo de la bomba. El expendedor bajaba una palanca y la máquina se ponía en ceros, y luego los números giraban tan rápido que era imposible seguirlos.
—¿Te fijaste?
—¿Qué?
—Que la máquina estuviera en ceros.
—Sí —mentí.
La recuerdo contando los trozos de papel de colores que había estado ahorrando durante el último año, esperaba que sobrara algo para comprar dólares, me dijo. Fuimos a una casa de cambio, pero los dólares se agotaron y recorrimos la ciudad sin tener suerte.
Yo seguía observando a las otras madres y comparándolas con la mía. Uno de los detalles que nunca pasé por alto, desde muy temprana edad, era la contraparte masculina que llegaba por las noches y se echaba frente al televisor. Mi madre no tenía un equivalente masculino. Esto siempre generó toda clase de confusiones. Una vez le pregunté dónde estaba ese individuo, el cual forzosamente debía ser delgado como ella, a diferencia de los hombres de grandes vientres que miraban el noticiero con una cerveza en la mano, que olían a tabaco y agua de colonia. Mi madre respondió:
—En África.
Crecí entonces bajo esta sospecha: si mi familia no era como las demás, entonces yo tampoco era como los demás; consecuencia lógica de la que uno podía estar orgulloso o avergonzado, pero la mayoría de las veces simplemente alerta. Los padres, además del agua de colonia, el olor a tabaco y los brazos velludos, tenían ocupaciones reconocibles y, según parecía, eran tan importantes que las enseñaban en la escuela: vendedor, empleado, obrero, albañil, doctor, bombero, policía. Cuando le pregunté a mi madre en qué categoría debía poner a esa contraparte masculina que habíamos optado por llamar padre, ella no supo qué responder. Si mi padre estaba en África, y no parecía que fuera a volver pronto, según pude entender, ¿cuál era su oficio? ¿Era cazador? Uno podía pensar en su propio padre con casco, escopeta y bigote, disparándole a animales tan grandes como un rinoceronte o un elefante, como en los dibujos animados que miraba en las casas vecinas porque en la mía no había televisor. O bien, mi padre podía ser un nativo africano, lo cual era una desventaja en todos los sentidos, porque no tendría dinero y andaría por ahí, desnudo.
Descubrí fotos de mi padre en una caja de zapatos oculta en el closet. Vestido con pantalones de mezclilla, era en efecto delgado. Usaba el pelo largo y la barba cerrada, algo nunca antes visto; en otras fotos aparecía vestido con un poncho de lana grueso, muy parecido al que tenía mi madre (la teoría de las contrapartes parecía demostrarse), y en otras podía vérsele en ciudades que no eran aquella donde vivíamos, con paisajes nublados, en enormes plazas bajo ciclópeas estatuas de hombres barbados como él, rodeado de otros hombres, también barbados. Pero ninguno de los lugares en las fotografías parecía África y comencé a dudar de la honestidad de mi madre, no había elefantes, por ejemplo. Miraba los mapas: África era un lugar enorme, ahí había nacido la especie humana, decían los libros, y ahí nació la gran civilización egipcia miles de años atrás.
En una ocasión un hombre vino a entregar una carta. Era alto y delgado, vestido con botas, camisa vaqueras, patillas, unas gafas de cristal verde que parecían fondos de botella. Yo me había escapado del cuidado de las mujeres y había entrado a la casa por la ventana y estaba sentado en el alfeízar. El hombre era calvo, pero no parecía tan viejo. Se detuvo frente a mí y me observó, me dijo que yo era idéntico a mi padre, y preguntó por mi madre. Le dije que estaba en la escuela, cada tarde tomaba los libros de los hombres de peinados raros e iba a la escuela. Viéndolo de cerca me percaté de que sus ropas estaban arrugadas, miraba a ambos lado de la calle. Recordé que no debía hablar con extraños.
—¿Te llamas Ilich, verdad? ¿Me regalas un vaso de agua? —me preguntó. Iba a decirle que no cuando recordé que las otras madres decían que el agua no se le niega ni a un perro.
Entré a la casa, tomé un vaso, lo puse bajo la llave del fregador y lo llené. Esperé a que se asentara la nube de cloro. El hombre se acomodó en la banqueta bajo la sombra que producía el frente de la casa, donde el aire refrescaba un poco, y se bebió el vaso a sorbitos, a pesar de que se veía sediento.
—Mira, traigo esta carta para tu madre, ¿ya sabes leer? —me preguntó.
Mi madre me enseñó a leer a los tres años.
—Sí.
—Bien —me dijo —, entonces tienes que prometerme que no vas a leer esta carta. No es de buena educación leer la correspondencia ajena.
Y me dio un sobre arrugado y abierto, sin remitente ni destinatario.
—¿De quién es? —le pregunté.
—No sé —me dijo.
El hombre se levantó al accionar sus largas y delgadas piernas como zancos y se sacudió el trasero. Me volvió a decir eso de que yo era idéntico a mi padre. Cuando regresó por donde vino, una larga y asoleada calle, casas de ladrillos, idénticas entre sí, noté que cojeaba con dignidad impostada y apenas era perceptible.
Fui obediente y cuando llegó mi madre con esa expresión de siempre, de “estoy molida, pero tengo tanto que hacer”, le di la carta.
—Es de mala educación leer las cartas de los demás —me dijo.
Le dije que así me la había entregado un sujeto. Me preguntó cómo era, y cuando se lo describí con más detalle se quedó pensativa, con la carta en la mano, sin leerla, y sin creerme nada. Es posible que el hombre la hubiera abierto, le dije, su madre nunca le enseñó a no abrir las cartas ajenas.
Por principio me mandó a mi cuarto sin cenar. Más tarde me despertó, me llevó un sándwich de queso y un vaso de leche, y me sentí tan agradecido con ella —por perdonarme algo que yo no había hecho— que me comí todo, aunque en realidad no tenía hambre y me daba asco. No me atreví a preguntarle quién le había mandado la carta.
—La carta es de tu padre, dice que va a volver pronto.
Deduje que en África los países eran tan pobres que no debía haber sistema de correos, y la gente enviaba las cartas con hombres calvos y cojos.
Parecía contenta, de una manera cautelosa. Su felicidad no era algo que se notase particularmente para cualquier otra persona, al menos que, como yo, se hubiera dedicado con método a estudiar cada una de sus expresiones. Mi madre fue mi primer objeto de estudio, mi religión pagana.
Los días se volvieron más largos y calurosos, mi padre nunca llegó. África era un lugar lejano y tal vez no era fácil regresar. Lo imaginaba en la proa de un barco, su figura larga y encorvada. En mis fantasías llegaba vestido con el poncho de la fotografía. Yo le abría la puerta y le decía, con toda la gravedad de la era capaz:
—Soy tu hijo.
Le mostraría la casa, el pequeño huerto del patio donde crecían nuestras hortalizas, las calabazas que yo mismo había cultivado. Le enseñaría mi cuarto y el de mi madre. Él dejaría el poncho sobre una silla, su enorme mochila en el suelo y el rifle de caza. Se sentaría en la sala, oliendo a tabaco como huelen los hombres adultos, y yo le traería un vaso de agua. Le preguntaría muchas cosas sobre África, si había estado en las pirámides, si vivió entre caníbales. Le preguntaría sobre el Kilimanjaro en Tanzania. La sonrisa de mi padre era como en las fotografías, pero no decía ni una sola palabra porque yo no podía imaginar cómo era el tono de su voz. ¿Traería regalos para mí? Un colmillo de elefante, juguetes africanos. ¿Me dejaría jugar con el rifle? Yo le prometía tener mucho cuidado porque, como decían las mujeres, las armas las carga el diablo.
Terminó mi año escolar y me dediqué a contemplar a las demás mujeres por las mañanas, limpiaban la banqueta y su pedazo de calle. Echaban cubetas de agua para fregar las aceras con la escoba; me gustaba el olor de la tierra mojada y la lejía. Mi madre tenía que ir a trabajar por las mañanas y me dejaba encargado a una de las mujeres. Yo pasaba las horas en la mesa de una cocina, junto con los otros niños, entregado a aburridos juegos infantiles, mirando cómo las mujeres lavaban la ropa en una tinaja de latón cubierta de espuma, para luego poner los frijoles en la olla de presión. Las acompañaba a la carnicería donde compraban carne envuelta en periódicos viejos, y el hueso para darle sabor al caldo, decían. Las veía ir con una red al mercado y comprar verduras, fruta, harina, maíz. Las miraba picar siempre, invariablemente, el chile, la cebolla y el tomate del guiso. Mi madre siempre les dejaba recipientes de plástico con mi comida.
—Por lo que más quieras —me decía—, nunca comas lo que preparan esas mujeres.
Los platos de mi madre tenían sabores delicados, sí, pero yo anhelaba los guisos picantes que se preparaban en esas casas. El olor de la carne me daba nauseas, pero al mismo tiempo placer. Cada tarde era un suplicio sentirme como un marginado mientras los otros niños hundían la cuchara en esos picantes y humeantes guisos, excesivamente condimentados con pimienta y comino. Se servían con la cuchara de madera frijoles bayos y bebían refrescos de fresa, uva, cola. Un poco antes de que llegara mi madre a salvarme de la tentación que asechaba en todas partes, arribaban los hombres cansados y sudorosos del trabajo y yo salía con las mujeres a la tienda. Las veía comprar siempre una botella de cerveza y cigarros con el dinero que el hombre sacaba de sus bolsillos; también compraban el periódico de la tarde con su muerto en la portada. Los hombres comían a grandes bocados y dando tragos a la cerveza, y apartaban el plato con un codo al terminar. Encendían un cigarro mientras todos veíamos el noticiario. Me gustaba el olor a cerveza y tabaco, el ruido que hacía el televisor. Pasaban las noticias del Medio Oriente, de África. Mi progenitor estaba ahí, en esos lugares, un secreto que yo guardaba. De fondo las mujeres lavaban los trastos. Me gustaba ese mundo de olores y sensaciones que en mi casa no existía.
La pulcritud, un minimalismo implacable, no había televisor, la mujer de los discos seguía cantando y mi madre se sentaba en la mesa con los libros de los tipos de peinados raros y yo con mis propios libros que hablaban de África. Ya no me interesaban los inventos, los automóviles antiguos, los dinosaurios, los grandes mamíferos extintos. El continente negro ocupaba todos mis pensamientos, y mi madre sacaba de la biblioteca, a petición mía, sólo libros al respecto: las pirámides, los piratas de Argel, el comercio de esclavos. En África había guerras, dictadores, hambrunas. Mi historia favorita era la del explorador Stanley, quien se propuso descubrir el lugar donde nace el río Nilo. Cruzó el Congo en balsa y fue atacado por caníbales desde ambos flancos. Stanley era un niño como yo cuando huyó del orfelinato y en su tiempo fue muy famoso: una celebridad. Fue él quien encontró a Livingston, otro explorador —inepto por cierto—, que estaba perdido. Llegó al corazón de África y cuando encontró a Livingston le dijo:
—My father I presume —y por eso se hizo más famoso todavía.
La misma escena todas las tardes: la entrada tenía dos puertas, la del mosquitero y la de madera, está última abierta para refrescar la casa; el ventilador encendido, el zumbido de las moscas contra los mosquiteros de las ventanas y una mujer joven frente a mí sin levantar la cabeza de sus libros; yo con un mapa de África en un atlas muy caro y que tengo que cuidar bien, no rayarlo, me dice ella, porque todavía no se termina de pagar. Fantaseo con que mi padre llega de un momento a otro, le digo:
—Doctor Livingston, I presume.
O tal vez es él quien me dice a mí my son I presume porque, ¿quién encuentra a quién? ¿Quién es el que está perdido? O tal vez yo deba ser como Stanley, y organizar una expedición al África subsahariana, remontar el Congo entre caníbales y perezosos cargadores nativos, y azotarlos.
En lugar de mi padre, una tarde volvió el hombre que cojeaba. Recuerdo que llamó a la puerta del mosquitero con una moneda y eso nos asustó a pesar de que oímos las pisadas irregulares de sus botas al acercarse por la calle. Las tardes eran tan tranquilas que nada se movía allá afuera, la gente dormía la siesta, pero mi madre decía que eso era un mal hábito, ese tiempo estaba mejor empleado con libros. Corrí hacia la puerta pensando que sería mi padre, y ya tenía en la punta de la lengua la frase de my father I presume cuando vi al hombre que cojeaba con la cabeza apoyada en el mosquitero, y la mano en la frente, a manera de visera, para mirar dentro. Mi madre vinó detrás de mí y sentí su mano en mi hombro.
—Julia —dijo el hombre—, ábreme.
Nunca me acostumbré a que llamaran a mi madre por su nombre de pila.
—No puedo —contestó ella.
El hombre se sorprendió con la respuesta. Miró a ambos lados de la calle. Noté que usaba la misma ropa. ¿Era un vagabundo? Se disponía a jalar de la puerta cuando Julia pasó por encima de mí y corrió el pasador.
—No puedes pasar.
—Déjame hablar contigo, por favor.
Mi madre titubeó y luego me dijo:
—Quédate aquí, y no abras.
El hombre calvo caminó hacia atrás mientras mi madre quitó el pasador y jaló consigo la puerta de madera, la que raramente estaba cerrada a esa hora del día.
Recuerdo que fui asomarme por la ventana para intentar oír lo que discutían en voz muy baja. El hombre sacó un paquete de cigarros, gesticulaba con ambas manos; mi madre parada frente a él, mucho más pequeña, con los brazos cruzados. Ella negó con la cabeza, el hombre hizo un aspaviento. Ella volvió a negar con la cabeza, los ademanes se volvieron más rápidos. Entonces ella comenzó al golpearlo, no con las manos abiertas como había visto que peleaban las mujeres sino con los puños cerrados, en el estómago y luego en la cabeza. Los lentes de fondo de botella cayeron al suelo, y el hombre se agachó para recogerlos; y ella, de una manera que habría sido cómica, salvo por el pequeño detalle de que era mi madre quien lo hacía, le pegó en la espalda. El hombre gritó algo, no recuerdo qué, recogió sus lentes y retrocedió. Sacó una pistola, pero no apuntó con ella, sino que la mantuvo hacia abajo, mientras que la otra mano era un puño tan rígido que parecía capaz de romper una nuez. Los mosquiteros de toda la calle se abrieron y aparecieron las otras mujeres, sus maridos dormían la siesta, y el hombre volvió a guardar la pistola, escupió al suelo y se fue cojeando por la calle.
Cuando mi madre entró a la casa, se encerró en su cuarto, donde la escuché llorar durante algunas horas. Estuve atento por si el hombre regresaba; atento a cada ruido del exterior. Sabía, sin que me lo dijeran, que mi deber era cuidar de la ventana, de que la puerta de madera tuviera el cerrojo puesto. Recuerdo que comencé a sentir que la modorra me vencía. Y si mi madre ya no volvía a levantarse, mi deber era velar toda la noche en caso de que el hombre calvo apareciera de nuevo. Me hubiera gustado subir al cuarto de mi madre y preguntarle qué había ocurrido, pero ella saldría con eso —tan razonable por cierto— de que había cosas en las que los niños no debíamos meternos.
Por la noche, cuando las pollillas chocaban contra la bombilla desnuda de la entrada, que colgaba de un alambre chueco y cubierto de cinta de aislar, bajó a la mesa de la cocina y volvió a sus libros. Tenía un examen al día siguiente, me dijo, Filosofía Política. Prendió la estufa, y puso agua a calentar en un cazo. Yo seguía sentado en una silla junto a la ventana, mirando hacía afuera: el cielo con su negrura mezquina, las luces de los faros con su nube de insectos; un grillo cantó en algún lugar cercano a la ventana, en la jardinera donde estaba sembrada la hierbabuena y el cilantro. Sabía que lo mejor era callar, pero siempre pensaba que ese hombre estaba allá afuera, con un revolver en la mano. Aunque era débil y mi madre podía vencerlo a golpes, tenía un revolver, y aunque era torpe, podía acercarse, sin que lo oyéramos, a pesar del silencio de la noche, de su botas vaqueras gastadas y cubiertas de polvo. Ojalá mi padre estuviera aquí, con su rifle, pensé. Deseaba salir, cruzar la calle llena de peligros hacia las casas donde las otras mujeres siempre sabían qué hacer de manera infalible. No me parecía buena idea ponerse a leer a los tipos de peinados raros cuando el peligro estaba próximo. Vi la hilera de ventanas frente a nosotros, las llamas azules de los televisores. La voz nasal del presentador de noticias multiplicada una docena de veces entre el crujido incesante de los grillos.
—¿No deberíamos llamar a la policía? —dije con reticencia, para no alterarla.
No me respondió, el cabello le caía sobre los ojos. Se levantó de pronto, y comenzó a picar verduras en una tabla.
—No te preocupes, no va a volver —dijo, con tristeza.
—¿Quién es? —le pregunté.
—Un amigo… —dijo ella, como si los amigos trajeran revólveres, como si se los golpeara— de tu padre.
Fue a la sala y puso en el tocadiscos las canciones de la mujer de cabello largo, a la cual terminé por aborrecer desde entonces.
Terminó su semestre, sacó buenas notas en todas las materias, incluso Lógica, que no le gustaba, me dijo. No sé cuántos días pasaron. Por las mañanas salía vestida con jeans, una blusa bordada y el morral donde llevaba los libros de texto de alfabetizadora con los que recorría las colonias marginadas de puerta en puerta.
El calor fue tan intenso que ya ni siquiera refrescó por las mañanas con el olor a tierra mojada y lejía. Las mujeres cocieron frijoles y el palote siguió golpeando la masa de las tortillas. Manteca, harina de trigo, agua caliente y levadura en polvo. La masa siguió extendiéndose sobre el linóleo de la mesa. Se convirtió en una tortilla con algunas paloteadas rápidas y efectivas, circunferencia casi perfecta, y se esponjó sobre el comal una y otra vez con un leve silbido, esparciendo por la casa ese aroma tan excelso. Mi madre por fin me permitió comer esos manjares envueltos en un mantel de blancura irreprochable.
—Pero no toques la carne —me dijo.
La vida era buena. Aprender más cosas sobre África podía esperar.
Y siempre hacía falta carne, calabazas, cebolla, tomate, un cuarto de piloncillo para endulzar el café; cerveza fría, un paquete de cigarros Raleigh con el retrato de sir Walter y su cuello escarolado. Siempre una bolsa de red que llenar, estómagos hambrientos, y los pasos de las mujeres de tobillos gruesos bajo el sol del mediodía para comprar lo que faltaba. La tienda era un lugar oscuro y fresco, con sus refrigeradores llenos de leche y cerveza, sus rejas de frutas y verduras; el salchichón en trozos imperfectos cortado por un gran cuchillo que resplandecía. Siempre el diario de la tarde con su cadáver cosido a apuñaladas, como evidenciando desde algún lugar cercano, pero imperceptible a simple vista, verdades evidentes: muerte, violencia; y de manera velada: resurrección. Como la tarde en el que el encabezado decía:
CAE ASALTABANCOS
Y la identidad de ese hombre, vestido de una manera tan familiar, dejó de ser la muerte anónima para volverse algo más incomprensible por su cercanía. Un secreto incompatible con el otro plano de la existencia, el que más me gustaba: la carne, el chile, el tomate y la cebolla del guiso.
—El que a hierro mata, a hierro muere —dijo la mujer al mirar la primera página del periódico.
martes 8 de diciembre de 2009
Shandy # 5, especial de navidad
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