porque ellas son mujeres
hermosas
las buenas viejas hermosas
Tadeusz Różewicz
De Cosmonauta (2011)
Comencé a sospechar que mi madre no era como las mujeres que uno podía observar en las casas vecinas. Aquellas mujeres, vestidas con pantalones de poliéster, parecían más viejas que el ejemplar en mi casa, enfundado en mezclilla. Ellas usaban el cabello corto, no la cabellera castaña y lacia que caía sobre los hombros de mi madre.
Las otras madres eran gruesas, poseían una especie de serenidad estoica, mientras uno las miraba sentadas a en la cocina o frente al televisor, empollando una idea; compraban carne y cerveza, lavaban a sus muertos; desconfiaban del lenguaje, pero hablaban con refranes: cada situación ejemplificada con una verdad inexorable implícita en una frase. De brazos robustos y morenos, me gustaba mirar sus manos fuertes sobajar la masa para las tortillas de harina.
Mi madre no paraba de recorrer la ciudad en su Volkswagen Brasilia, y por las noches preparaba la comida del día siguiente (éramos vegetarianos) con varios libros abiertos en la mesa de la cocina; libros escritos por un tal Kant y un tal Hegel, tipos con peinados raros. Ella no parecía notarlo, siempre sospeché que algo funcionaba mal con ella.
Aquellas otras mujeres estaban ahí desde que el hombre habitó las cavernas, para cuidar del fuego como a un dios niño y enfermo que muere siempre. La mujer que decía ser mi madre, en cambio, pertenecía a un nuevo tipo. Las otras mujeres lo sabían, por eso la respetaban y la invitaban a tomar el fresco junto a ellas. Como cada noche, desde hacía mil años, se sentaban juntas en la banqueta, fumaban cigarros mentolados sin filtro y hablaban. El cigarro, que pasaba de mano en mano, encendía por un momento cada uno de esos rostros graves y ásperos. Parecían adivinar el futuro en los guijarros del suelo, como si fueran los huesecillos de un pequeño reptil extinto hace tiempo. A pesar de la débil luz de una bombilla mugrienta, algunas veces leían el periódico en su delgada edición de la tarde, con su fotografía mortuoria, y los titulares con palabras raras, en grandes letras rojas, contundentes, como:
ORATE MATÓ A SU FAMILIA
Lejos del calor irradiado por las grandes caderas de esas mujeres, de las mascaras de sus rostros, había un mundo donde la gente era apuñalada, baleada, o moría simplemente por causas tan misteriosas como el significado de los guijarros.
Mi madre llegaba en el Brasilia y se estacionaba entre dos autos con un par de movimientos rápidos para destruir una vez más el mito de que las mujeres no saben estacionarse. Las otras madres la invitaban a tomar el fresco, pero ella decía que tenía mucho que estudiar. Con el trabajo de alfabetizadora por las mañanas, la carrera de filosofía por las tardes, pasaba las noches con un lápiz frente a sus libros y cuadernos de notas; en la estufa las cacerolas con la comida del día siguiente, y música en el tocadiscos: canciones muy tristes, en inglés, que yo no podía entender. En las portadas de los discos había una mujer tan parecida a ella que en una edad temprana llegué a pensar que eran la misma persona.
Yo estaba al cuidado de las otras mujeres, pero cada tarde me escapaba al interior de la casa (entraba por la ventana) porque quería estar solo. Y sentía que mi madre debía obedecer al llamado primigenio de las otras mujeres con pantalones de poliéster que yo idolatraba. Las oía hablar sobre ella, sin ninguna palabra que evidenciara desaprobación, aunque cierto tono escéptico, desconfiaban de todo, por principio. Después de cenar, cuando mi madre y yo estábamos en la sobremesa, ella pudo sincerarse conmigo cuando le pregunté por qué no tomaba el fresco con las otras mujeres, como cualquier otra:
—No quiero tener nada que ver con esas vacas —me dijo.
Sin embargo, necesitaba a las vacas para que cuidaran de mí.
En una ocasión en la que, después de cambiar su cheque el día de pago, mi madre sacó el dinero que había estado ahorrando y que guardaba detrás del espejo del tocador. Fuimos al supermercado: un bodegón con largos e insuficientes tubos de luz que colgaban del techo; olor a azúcar y detergente. Recuerdo la estantería vacía y las largas colas para pagar.
Echamos en el carrito lo que pudimos encontrar: una caja de galletas saladas, harina de trigo, aceite vegetal, varias bolsas de arroz y frijol, pero no había mucho más; en la sección de frutas y verduras había manzanas aplastadas y hojas de lechuga tiradas en el suelo. Pasamos de largo porque nosotros cultivábamos nuestras propias hortalizas en el patio de la casa. Mi madre echó en el carrito una blusa barata de algodón para ella y ropa interior para mí.
—¿No quieres un juguete? —me preguntó, debió ser una idea repentina. Echó en el carrito un pequeño camión de plástico.
En la caja la cola avanzaba con lentitud, me sentía cansado y somnoliento.
—¿No podríamos venir otro día? —estaba dispuesto a sacrificar mi juguete de fabricación nacional con tal de que regresáramos a casa.
—No —me dijo—, mañana este dinero no va a valer nada.
Sacó de su gran bolso de piel unos billetes y los arrugó con las manos como si fueran simples pedazos de papel. De regreso a casa nos metimos en una hilera de autos que se prolongaba durante varias cuadras. Cuando llegamos a la bomba expendedora, ella dijo:
—Lleno.
Nunca habíamos llenado el tanque. Mi función era revisar el contador análogo de la bomba. El expendedor bajaba una palanca y la máquina se ponía en ceros, y luego los números giraban tan rápido que era imposible seguirlos.
—¿Te fijaste?
—¿Qué?
—Que la máquina estuviera en ceros.
—Sí —mentí.
La recuerdo contando los trozos de papel de colores que había estado ahorrando durante el último año, esperaba que sobrara algo para comprar dólares, me dijo. Fuimos a una casa de cambio, pero los dólares se agotaron y recorrimos la ciudad sin tener suerte.
Yo seguía observando a las otras madres y comparándolas con la mía. Uno de los detalles que nunca pasé por alto, desde muy temprana edad, era la contraparte masculina que llegaba por las noches y se echaba frente al televisor. Mi madre no tenía un equivalente masculino. Esto siempre generó toda clase de confusiones. Una vez le pregunté dónde estaba ese individuo, el cual forzosamente debía ser delgado como ella, a diferencia de los hombres de grandes vientres que miraban el noticiero con una cerveza en la mano, que olían a tabaco y agua de colonia. Mi madre respondió:
—En África.
Crecí entonces bajo esta sospecha: si mi familia no era como las demás, entonces yo tampoco era como los demás; consecuencia lógica de la que uno podía estar orgulloso o avergonzado, pero la mayoría de las veces simplemente alerta. Los padres, además del agua de colonia, el olor a tabaco y los brazos velludos, tenían ocupaciones reconocibles y, según parecía, eran tan importantes que las enseñaban en la escuela: vendedor, empleado, obrero, albañil, doctor, bombero, policía. Cuando le pregunté a mi madre en qué categoría debía poner a esa contraparte masculina que habíamos optado por llamar padre, ella no supo qué responder. Si mi padre estaba en África, y no parecía que fuera a volver pronto, según pude entender, ¿cuál era su oficio? ¿Era cazador? Uno podía pensar en su propio padre con casco, escopeta y bigote, disparándole a animales tan grandes como un rinoceronte o un elefante, como en los dibujos animados que miraba en las casas vecinas porque en la mía no había televisor. O bien, mi padre podía ser un nativo africano, lo cual era una desventaja en todos los sentidos, porque no tendría dinero y andaría por ahí, desnudo.
Descubrí fotos de mi padre en una caja de zapatos oculta en el closet. Vestido con pantalones de mezclilla, era en efecto delgado. Usaba el pelo largo y la barba cerrada, algo nunca antes visto; en otras fotos aparecía vestido con un poncho de lana grueso, muy parecido al que tenía mi madre (la teoría de las contrapartes parecía demostrarse), y en otras podía vérsele en ciudades que no eran aquella donde vivíamos, con paisajes nublados, en enormes plazas bajo ciclópeas estatuas de hombres barbados como él, rodeado de otros hombres, también barbados. Pero ninguno de los lugares en las fotografías parecía África y comencé a dudar de la honestidad de mi madre, no había elefantes, por ejemplo. Miraba los mapas: África era un lugar enorme, ahí había nacido la especie humana, decían los libros, y ahí nació la gran civilización egipcia miles de años atrás.
En una ocasión un hombre vino a entregar una carta. Era alto y delgado, vestido con botas, camisa vaqueras, patillas, unas gafas de cristal verde que parecían fondos de botella. Yo me había escapado del cuidado de las mujeres y había entrado a la casa por la ventana y estaba sentado en el alfeízar. El hombre era calvo, pero no parecía tan viejo. Se detuvo frente a mí y me observó, me dijo que yo era idéntico a mi padre, y preguntó por mi madre. Le dije que estaba en la escuela, cada tarde tomaba los libros de los hombres de peinados raros e iba a la escuela. Viéndolo de cerca me percaté de que sus ropas estaban arrugadas, miraba a ambos lado de la calle. Recordé que no debía hablar con extraños.
—¿Te llamas Ilich, verdad? ¿Me regalas un vaso de agua? —me preguntó. Iba a decirle que no cuando recordé que las otras madres decían que el agua no se le niega ni a un perro.
Entré a la casa, tomé un vaso, lo puse bajo la llave del fregador y lo llené. Esperé a que se asentara la nube de cloro. El hombre se acomodó en la banqueta bajo la sombra que producía el frente de la casa, donde el aire refrescaba un poco, y se bebió el vaso a sorbitos, a pesar de que se veía sediento.
—Mira, traigo esta carta para tu madre, ¿ya sabes leer? —me preguntó.
Mi madre me enseñó a leer a los tres años.
—Sí.
—Bien —me dijo —, entonces tienes que prometerme que no vas a leer esta carta. No es de buena educación leer la correspondencia ajena.
Y me dio un sobre arrugado y abierto, sin remitente ni destinatario.
—¿De quién es? —le pregunté.
—No sé —me dijo.
El hombre se levantó al accionar sus largas y delgadas piernas como zancos y se sacudió el trasero. Me volvió a decir eso de que yo era idéntico a mi padre. Cuando regresó por donde vino, una larga y asoleada calle, casas de ladrillos, idénticas entre sí, noté que cojeaba con dignidad impostada y apenas era perceptible.
Fui obediente y cuando llegó mi madre con esa expresión de siempre, de “estoy molida, pero tengo tanto que hacer”, le di la carta.
—Es de mala educación leer las cartas de los demás —me dijo.
Le dije que así me la había entregado un sujeto. Me preguntó cómo era, y cuando se lo describí con más detalle se quedó pensativa, con la carta en la mano, sin leerla, y sin creerme nada. Es posible que el hombre la hubiera abierto, le dije, su madre nunca le enseñó a no abrir las cartas ajenas.
Por principio me mandó a mi cuarto sin cenar. Más tarde me despertó, me llevó un sándwich de queso y un vaso de leche, y me sentí tan agradecido con ella —por perdonarme algo que yo no había hecho— que me comí todo, aunque en realidad no tenía hambre y me daba asco. No me atreví a preguntarle quién le había mandado la carta.
—La carta es de tu padre, dice que va a volver pronto.
Deduje que en África los países eran tan pobres que no debía haber sistema de correos, y la gente enviaba las cartas con hombres calvos y cojos.
Parecía contenta, de una manera cautelosa. Su felicidad no era algo que se notase particularmente para cualquier otra persona, al menos que, como yo, se hubiera dedicado con método a estudiar cada una de sus expresiones. Mi madre fue mi primer objeto de estudio, mi religión pagana.
Los días se volvieron más largos y calurosos, mi padre nunca llegó. África era un lugar lejano y tal vez no era fácil regresar. Lo imaginaba en la proa de un barco, su figura larga y encorvada. En mis fantasías llegaba vestido con el poncho de la fotografía. Yo le abría la puerta y le decía, con toda la gravedad de la era capaz:
—Soy tu hijo.
Le mostraría la casa, el pequeño huerto del patio donde crecían nuestras hortalizas, las calabazas que yo mismo había cultivado. Le enseñaría mi cuarto y el de mi madre. Él dejaría el poncho sobre una silla, su enorme mochila en el suelo y el rifle de caza. Se sentaría en la sala, oliendo a tabaco como huelen los hombres adultos, y yo le traería un vaso de agua. Le preguntaría muchas cosas sobre África, si había estado en las pirámides, si vivió entre caníbales. Le preguntaría sobre el Kilimanjaro en Tanzania. La sonrisa de mi padre era como en las fotografías, pero no decía ni una sola palabra porque yo no podía imaginar cómo era el tono de su voz. ¿Traería regalos para mí? Un colmillo de elefante, juguetes africanos. ¿Me dejaría jugar con el rifle? Yo le prometía tener mucho cuidado porque, como decían las mujeres, las armas las carga el diablo.
Terminó mi año escolar y me dediqué a contemplar a las demás mujeres por las mañanas, limpiaban la banqueta y su pedazo de calle. Echaban cubetas de agua para fregar las aceras con la escoba; me gustaba el olor de la tierra mojada y la lejía. Mi madre tenía que ir a trabajar por las mañanas y me dejaba encargado a una de las mujeres. Yo pasaba las horas en la mesa de una cocina, junto con los otros niños, entregado a aburridos juegos infantiles, mirando cómo las mujeres lavaban la ropa en una tinaja de latón cubierta de espuma, para luego poner los frijoles en la olla de presión. Las acompañaba a la carnicería donde compraban carne envuelta en periódicos viejos, y el hueso para darle sabor al caldo, decían. Las veía ir con una red al mercado y comprar verduras, fruta, harina, maíz. Las miraba picar siempre, invariablemente, el chile, la cebolla y el tomate del guiso. Mi madre siempre les dejaba recipientes de plástico con mi comida.
—Por lo que más quieras —me decía—, nunca comas lo que preparan esas mujeres.
Los platos de mi madre tenían sabores delicados, sí, pero yo anhelaba los guisos picantes que se preparaban en esas casas. El olor de la carne me daba nauseas, pero al mismo tiempo placer. Cada tarde era un suplicio sentirme como un marginado mientras los otros niños hundían la cuchara en esos picantes y humeantes guisos, excesivamente condimentados con pimienta y comino. Se servían con la cuchara de madera frijoles bayos y bebían refrescos de fresa, uva, cola. Un poco antes de que llegara mi madre a salvarme de la tentación que asechaba en todas partes, arribaban los hombres cansados y sudorosos del trabajo y yo salía con las mujeres a la tienda. Las veía comprar siempre una botella de cerveza y cigarros con el dinero que el hombre sacaba de sus bolsillos; también compraban el periódico de la tarde con su muerto en la portada. Los hombres comían a grandes bocados y dando tragos a la cerveza, y apartaban el plato con un codo al terminar. Encendían un cigarro mientras todos veíamos el noticiario. Me gustaba el olor a cerveza y tabaco, el ruido que hacía el televisor. Pasaban las noticias del Medio Oriente, de África. Mi progenitor estaba ahí, en esos lugares, un secreto que yo guardaba. De fondo las mujeres lavaban los trastos. Me gustaba ese mundo de olores y sensaciones que en mi casa no existía.
La pulcritud, un minimalismo implacable, no había televisor, la mujer de los discos seguía cantando y mi madre se sentaba en la mesa con los libros de los tipos de peinados raros y yo con mis propios libros que hablaban de África. Ya no me interesaban los inventos, los automóviles antiguos, los dinosaurios, los grandes mamíferos extintos. El continente negro ocupaba todos mis pensamientos, y mi madre sacaba de la biblioteca, a petición mía, sólo libros al respecto: las pirámides, los piratas de Argel, el comercio de esclavos. En África había guerras, dictadores, hambrunas. Mi historia favorita era la del explorador Stanley, quien se propuso descubrir el lugar donde nace el río Nilo. Cruzó el Congo en balsa y fue atacado por caníbales desde ambos flancos. Stanley era un niño como yo cuando huyó del orfelinato y en su tiempo fue muy famoso: una celebridad. Fue él quien encontró a Livingston, otro explorador —inepto por cierto—, que estaba perdido. Llegó al corazón de África y cuando encontró a Livingston le dijo:
—My father I presume —y por eso se hizo más famoso todavía.
La misma escena todas las tardes: la entrada tenía dos puertas, la del mosquitero y la de madera, está última abierta para refrescar la casa; el ventilador encendido, el zumbido de las moscas contra los mosquiteros de las ventanas y una mujer joven frente a mí sin levantar la cabeza de sus libros; yo con un mapa de África en un atlas muy caro y que tengo que cuidar bien, no rayarlo, me dice ella, porque todavía no se termina de pagar. Fantaseo con que mi padre llega de un momento a otro, le digo:
—Doctor Livingston, I presume.
O tal vez es él quien me dice a mí my son I presume porque, ¿quién encuentra a quién? ¿Quién es el que está perdido? O tal vez yo deba ser como Stanley, y organizar una expedición al África subsahariana, remontar el Congo entre caníbales y perezosos cargadores nativos, y azotarlos.
En lugar de mi padre, una tarde volvió el hombre que cojeaba. Recuerdo que llamó a la puerta del mosquitero con una moneda y eso nos asustó a pesar de que oímos las pisadas irregulares de sus botas al acercarse por la calle. Las tardes eran tan tranquilas que nada se movía allá afuera, la gente dormía la siesta, pero mi madre decía que eso era un mal hábito, ese tiempo estaba mejor empleado con libros. Corrí hacia la puerta pensando que sería mi padre, y ya tenía en la punta de la lengua la frase de my father I presume cuando vi al hombre que cojeaba con la cabeza apoyada en el mosquitero, y la mano en la frente, a manera de visera, para mirar dentro. Mi madre vinó detrás de mí y sentí su mano en mi hombro.
—Julia —dijo el hombre—, ábreme.
Nunca me acostumbré a que llamaran a mi madre por su nombre de pila.
—No puedo —contestó ella.
El hombre se sorprendió con la respuesta. Miró a ambos lados de la calle. Noté que usaba la misma ropa. ¿Era un vagabundo? Se disponía a jalar de la puerta cuando Julia pasó por encima de mí y corrió el pasador.
—No puedes pasar.
—Déjame hablar contigo, por favor.
Mi madre titubeó y luego me dijo:
—Quédate aquí, y no abras.
El hombre calvo caminó hacia atrás mientras mi madre quitó el pasador y jaló consigo la puerta de madera, la que raramente estaba cerrada a esa hora del día.
Recuerdo que fui asomarme por la ventana para intentar oír lo que discutían en voz muy baja. El hombre sacó un paquete de cigarros, gesticulaba con ambas manos; mi madre parada frente a él, mucho más pequeña, con los brazos cruzados. Ella negó con la cabeza, el hombre hizo un aspaviento. Ella volvió a negar con la cabeza, los ademanes se volvieron más rápidos. Entonces ella comenzó al golpearlo, no con las manos abiertas como había visto que peleaban las mujeres sino con los puños cerrados, en el estómago y luego en la cabeza. Los lentes de fondo de botella cayeron al suelo, y el hombre se agachó para recogerlos; y ella, de una manera que habría sido cómica, salvo por el pequeño detalle de que era mi madre quien lo hacía, le pegó en la espalda. El hombre gritó algo, no recuerdo qué, recogió sus lentes y retrocedió. Sacó una pistola, pero no apuntó con ella, sino que la mantuvo hacia abajo, mientras que la otra mano era un puño tan rígido que parecía capaz de romper una nuez. Los mosquiteros de toda la calle se abrieron y aparecieron las otras mujeres, sus maridos dormían la siesta, y el hombre volvió a guardar la pistola, escupió al suelo y se fue cojeando por la calle.
Cuando mi madre entró a la casa, se encerró en su cuarto, donde la escuché llorar durante algunas horas. Estuve atento por si el hombre regresaba; atento a cada ruido del exterior. Sabía, sin que me lo dijeran, que mi deber era cuidar de la ventana, de que la puerta de madera tuviera el cerrojo puesto. Recuerdo que comencé a sentir que la modorra me vencía. Y si mi madre ya no volvía a levantarse, mi deber era velar toda la noche en caso de que el hombre calvo apareciera de nuevo. Me hubiera gustado subir al cuarto de mi madre y preguntarle qué había ocurrido, pero ella saldría con eso —tan razonable por cierto— de que había cosas en las que los niños no debíamos meternos.
Por la noche, cuando las pollillas chocaban contra la bombilla desnuda de la entrada, que colgaba de un alambre chueco y cubierto de cinta de aislar, bajó a la mesa de la cocina y volvió a sus libros. Tenía un examen al día siguiente, me dijo, Filosofía Política. Prendió la estufa, y puso agua a calentar en un cazo. Yo seguía sentado en una silla junto a la ventana, mirando hacía afuera: el cielo con su negrura mezquina, las luces de los faros con su nube de insectos; un grillo cantó en algún lugar cercano a la ventana, en la jardinera donde estaba sembrada la hierbabuena y el cilantro. Sabía que lo mejor era callar, pero siempre pensaba que ese hombre estaba allá afuera, con un revolver en la mano. Aunque era débil y mi madre podía vencerlo a golpes, tenía un revolver, y aunque era torpe, podía acercarse, sin que lo oyéramos, a pesar del silencio de la noche, de su botas vaqueras gastadas y cubiertas de polvo. Ojalá mi padre estuviera aquí, con su rifle, pensé. Deseaba salir, cruzar la calle llena de peligros hacia las casas donde las otras mujeres siempre sabían qué hacer de manera infalible. No me parecía buena idea ponerse a leer a los tipos de peinados raros cuando el peligro estaba próximo. Vi la hilera de ventanas frente a nosotros, las llamas azules de los televisores. La voz nasal del presentador de noticias multiplicada una docena de veces entre el crujido incesante de los grillos.
—¿No deberíamos llamar a la policía? —dije con reticencia, para no alterarla.
No me respondió, el cabello le caía sobre los ojos. Se levantó de pronto, y comenzó a picar verduras en una tabla.
—No te preocupes, no va a volver —dijo, con tristeza.
—¿Quién es? —le pregunté.
—Un amigo… —dijo ella, como si los amigos trajeran revólveres, como si se los golpeara— de tu padre.
Fue a la sala y puso en el tocadiscos las canciones de la mujer de cabello largo, a la cual terminé por aborrecer desde entonces.
Terminó su semestre, sacó buenas notas en todas las materias, incluso Lógica, que no le gustaba, me dijo. No sé cuántos días pasaron. Por las mañanas salía vestida con jeans, una blusa bordada y el morral donde llevaba los libros de texto de alfabetizadora con los que recorría las colonias marginadas de puerta en puerta.
El calor fue tan intenso que ya ni siquiera refrescó por las mañanas con el olor a tierra mojada y lejía. Las mujeres cocieron frijoles y el palote siguió golpeando la masa de las tortillas. Manteca, harina de trigo, agua caliente y levadura en polvo. La masa siguió extendiéndose sobre el linóleo de la mesa. Se convirtió en una tortilla con algunas paloteadas rápidas y efectivas, circunferencia casi perfecta, y se esponjó sobre el comal una y otra vez con un leve silbido, esparciendo por la casa ese aroma tan excelso. Mi madre por fin me permitió comer esos manjares envueltos en un mantel de blancura irreprochable.
—Pero no toques la carne —me dijo.
La vida era buena. Aprender más cosas sobre África podía esperar.
Y siempre hacía falta carne, calabazas, cebolla, tomate, un cuarto de piloncillo para endulzar el café; cerveza fría, un paquete de cigarros Raleigh con el retrato de sir Walter y su cuello escarolado. Siempre una bolsa de red que llenar, estómagos hambrientos, y los pasos de las mujeres de tobillos gruesos bajo el sol del mediodía para comprar lo que faltaba. La tienda era un lugar oscuro y fresco, con sus refrigeradores llenos de leche y cerveza, sus rejas de frutas y verduras; el salchichón en trozos imperfectos cortado por un gran cuchillo que resplandecía. Siempre el diario de la tarde con su cadáver cosido a apuñaladas, como evidenciando desde algún lugar cercano, pero imperceptible a simple vista, verdades evidentes: muerte, violencia; y de manera velada: resurrección. Como la tarde en el que el encabezado decía:
CAE ASALTABANCOS
Y la identidad de ese hombre, vestido de una manera tan familiar, dejó de ser la muerte anónima para volverse algo más incomprensible por su cercanía. Un secreto incompatible con el otro plano de la existencia, el que más me gustaba: la carne, el chile, el tomate y la cebolla del guiso.
—El que a hierro mata, a hierro muere —dijo la mujer al mirar la primera página del periódico.

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